Darren Aronofsky
Imágenes de la introspección

La filmografía de Darren Aronofsky invita a la formulación de múltiples interrogantes. Una incursión a los confines de las obsesiones junto a un gran dominio de lo simbólico.

Es un director de cine estadounidense que frecuenta los más profundos rincones de la mente humana, y se anima a mostrar lo impredecible e insondable que es. ¿Qué tiene Darren Aronofsky en su cabeza?

Primer intento de respuesta: Aronofsky tiene varias preguntas para intentar responder desde el lenguaje audiovisual. Hay una imperiosa necesidad de cada uno de sus personajes por alcanzar algo que está más allá; algo que angustia y domina su vida y sus acciones. Cuestiones que aquejan y llegan a perturbar la vida de un matemático, un médico, un ex-boxeador, una bailarina, un grupo de amigos persiguiendo su futuro y hasta de una mujer de barrio con sueños de fama.

En las obras de Aronofsky las actuaciones pasan de ser un nombre -casi siempre en la piel de actores o actrices conocidos- para destacarse por su personalidad adicta y obsesiva. Ahí están Maximillian Cohen en Pi. Fe en el caos (1998), buscando el patrón universal; Harry, Sara Goldfarb y Marion en Requiem for a dream (2000), aspirando a un futuro que se vuelve pesadilla; el Dr. Creo y su esposa Izzi en The Fountain (2006), intentando encontrar la liberación absoluta entre la vida y la muerte; el autobiográfico Mickey Rourke en The Wrestler (2008), y en Black Swan (2010), el último de sus largometrajes, aparece Nina y la autoexigencia de la perfección. El conflicto en sus películas se convierte en una inquietud individual, una búsqueda que se intensifica hasta volverse una obsesión. Y esa es la matriz que recorre gran parte de su filmografía.


Un segundo y más sencillo intento de respuesta: en la cabeza de Aronofsky hay un conocimiento profundo de cómo narrar con un sello genuino. Las historias o argumentos hablan con las imágenes más que con los diálogos, y el desarrollo alcanzado dice más que su final. Los recursos artísticos que utiliza para contar las hacen independientes entre sí, aunque intrínsecamente puedan estar atravesadas e influenciadas por simbolismos propios de la filosofía oriental.

En Pi, construye un film en blanco y negro que se asemeja  más a la estética del cine moderno; en Réquiem for a dream, hay un montaje en paralelo con fotogramas partidos, y un trabajo que deja percibir incluso los procesos químicos del cuerpo de una manera vertiginosa. El momento del relato épico llega con The Fountain, con idas y venidas en el tiempo y el espacio, que podrían relacionarla con La noche boca arriba, de Cortázar. Manejo de la metáfora y la construcción de universos unidos por la historia. El director sorprende con un giro esotérico, y tratamos de entender por qué Hugh Jackman pasa de ser un soldado en épocas de la inquisición a un médico investigador, y de repente se convierte en un ser que levita en una bola de cristal con el árbol de la vida en sus adentros. Con Black Swan, Aronofsky ingresa en el thriller psicológico, al que descubrimos como tal con el avance narrativo y el desarrollo del personaje de Natalie Portman. Y entre tantas diferencias y similitudes tácitas, la marca de autor y el trabajo sobre la mente humana. Vuelve la convivencia de los opuestos y complementarios, con un transfondo implícito que nos puede hacer pensar en otro recorrido por el árbol de la vida, la unión absoluta con la naturaleza y la liberación terrenal en la figura de la muerte.

Respuesta no definitiva: Aronofsky tiene ideas que desanuda para enredar en el relato cinematográfico y en la cabeza de los espectadores. E incluso llevarlos a un mundo desconocido, donde hay algo que trasciende los límites habituales entre ficción y realidad.

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