LITERATURA
Tiempo de valientes

Siete y el tigre harapiento, Chamamé y Santería son antecedentes con los que Leonardo Oyola se fue abriendo camino en la literatura argentina e internacional. Con Hacé que la noche venga, da un nuevo paso fuerte en ese andar ya consolidado.

Buenos Aires, década del ‘30. Subterráneos en expansión. La línea D como escenario de una novela que conjuga las características de la novela negra, el terror y la fantasía. Los túneles negros del subterráneo son el lugar de resguardo y un techo para los vagabundos porteños y también la cueva de donde pueden surgir seres fantásticos y fatales que los acechan. En ese mundo bajo tierra también tiene su lugar el mal en su lado más humano. Leonardo Oyola, en Hacé que la noche venga, hace transitar al lector por esa época y esos paisajes del submundo.

Mitología, superstición subterránea. Realidad de la superficie y ficción de la realidad, mito de la realidad. Creencias. Criaturas fantasmagóricas. Todos estos son elementos que utiliza Oyola para la creación de un mundo que no deja de ser verosímil. Cada vuelta de página es un juego y una apuesta a la fantasía. Juego que no deja de lado a su par oponente, la realidad. Lo irreal tiene lugar en esa historia con una localización precisa, calles, bares y el mismo subterráneo como espacio real de donde emerge ese irreal. Hay una lucha entre el bien y el mal, que se anuda entre apariciones misteriosas de lo inexplicable, fuerzas que levantan y parten cuerpos en dos; y la lucha entre los hombres, la personificación del mal y los intereses más ruines.

En esta historia el anuncio del mal está marcado por la noche, y los personajes sienten, temen y a la vez esperan su llegada. El Tres, un vago, “atorrante” como le gusta que lo llamen, sentirá ese encuentro con la noche como una revancha; su compañero de aventura, Manzotti, ingeniero y empleado del subte, buscará justicia, y junto con el cura Manolo Montoya intentarán dilucidar el misterio que recorre las estaciones del subte, pasando por la estación Canning y Plaza Italia. Los valientes de esta historia se enfrentarán al diablo, a su representación sobrenatural y al diablo en persona, a los diablos de la ciudad que se ensañan con quienes signifiquen una pared a sus intereses. Una cita con el diablo que saldará cuestiones pendientes de la historia personal de cada personaje y un encuentro que significa una definición: la vida o la muerte.

El tiempo y el espacio en Hacé que la noche venga están marcados por lo que transcurre entre el día y la noche, y la connotación entre la superficie y lo que pasa abajo. Y el relato discurre, la historia fluye, en ese arriba y abajo, el día y la noche. Escenario en diálogos. El habla como el instrumento principal de representación y recreación de un ambiente, de las relaciones, del ser mismo de los personajes. Descripción por medio del relato en primera persona. Lo irreal se confunde en esa manera del uso del lenguaje, uso, apropiación y recreación. Los personajes mismos llevan la historia en sus palabras. Oyola es reconocido internacionalmente por la puesta en primer lugar de la oralidad. Los personajes de sus novelas se destacan por ser protagonistas en carne y voz de esas historias. No hay palabras forzadas, ni lenguaje rebuscado. Los lugares y la acción pasean como una película en la cabeza de los lectores y eso sucede por el arte de la palabra y del decir.

Con Hacé que la noche venga Oyola cuenta una historia creíble y a la vez sorprendente. Y como marco, la noche. Lo oscuro. La medianoche como punto de quiebre, y donde todo, todo es posible.